Oscuro Claro

El trekking y yo parece que comenzamos a llevarnos bien y no en vano prácticamente en mi primera experiencia en estos lares ni más ni menos que elijo culminar con mi familia y el un grupo de padres y niños del colegio la cima del Penyagolosa, el macizo más alto de toda la Comunidad Valenciana.

No en vano, el título del post lo he elegido a conciencia para reflejar del modo más gráfico posible lo difícil que resulto el ascenso para mi y no hace sino expresar una sensación que combinó la dureza del trazado con la enorme satisfacción por el logro que representó semejante actividad.

La experiencia tuvo que esperar un poco porque la nieve fue la gran protagonista en los días previos a la ascensión ya que las intensas nevadas y las bajas temperaturas impidieron el acceso en coche a Vistabella del Maestrazgo, la población en la que habíamos decidido hacer noche para preparar la jornada. Así que, tuvimos que retrasar una semana nuestra visita a la zona. Eso sí, en lugar de quedarnos en casa y esperar una semana, aprovechamos el tiempo y me fui con mi familia a conocer Cuenca.

La planificación de la ascensión comenzó con una primera jornada en Vistabella del Maestrazgo, una localidad que descubrimos rincón a rincón entre todas las familias que nos desplazamos para la excursión para así preparar entre todos los entresijos del día siguiente. Tras una primera noche de descanso comenzamos por la mañana a “calentar motores” y nos dirigimos al punto de encuentro para reunirnos con el resto de integrantes de esta ascensión.

La ruta desde el comienzo ya se antojó como una misión compleja y exigente lo que nos llevó a marcar los primeros tramos no sin un considerable esfuerzo. Las paradas para avituallarnos desde luego contribuyeron a paliar el desgaste que sin duda estaba sufriendo por una constante ascensión que no dejaba a penas tramos llanos que recorrer.

Una vez llegamos cerca de la cima es cuando la ascensión cobró un nuevo aspecto y es que el desnivel era ya considerable y se notaba que estábamos ante un verdadero macizo cuyo nivel de exigencia hacía que nuestro esfuerzo fuese cada vez más medido y contundente. Debo añadir que los niños que conformaban la expedición, nuestros hijos, se lo tomaron como un juego y siempre en compañía de los expertos que nos acompañaban fueron la sorpresa de la jornada al coronar primeros la cima del Penyagolosa. Ni que decir tiene que a mi se me hizo literalmente cuesta arriba llegar a culminar el macizo y entre los aplausos de “la parroquia” finalmente logré coronar el pico, eso sí, en última posición.

Sin embargo, debo decir que pese a la exigencia del trazado lo que realmente llegó a desgastarme fue precisamente el descenso, un descenso sobre superficie nevada y helada que provocaron que tuviera más de un resbalón que puso a prueba la consistencia de mis huesos y articulaciones. Y eso que llevaba bastones, y otro equipamiento que me ayudaba para contrarrestar las consecuencias de mi grave lesión que sufrí en 2013 al romperme el tendón rotuliano.

El descenso, como digo, se hizo realmente largo ya que esa pendiente que de forma constante encontraba al tratar de coronar la cima, también estaba presente cuando exigía a mis rodillas y articulaciones paliar el impacto de una bajada de muchísimos kilómetros. No en vano decidimos tomar un “pequeño” rodeo para llegar de nuevo al punto de encuentro, un rodeo que se hizo realmente largo y pesado. Todo un desafío para una preparación física que todavía estaba en fase de desarrollo.

En definitiva, una ruta realmente exigente, no carente de belleza, que supuso una experiencia increíble y en la que la familia disfrutó de unas jornadas inolvidables. Eso sí, mi reloj Suunto estableció un periodo de recuperación para mi físico de 7 días, toda una semana plagada de agujetas y cansancio físico.

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